ECOS DE LA MARCHA.
Un sol radiante y un cielo azul se unieron para que la multitudinaria marcha de los trabajadores de este primero de mayo en Bogotá fuera un hecho social de gran fuerza.
No se puede negar que lo fue cuando trabajadores y trabajadoras sindicalizados, viejos y jóvenes, militantes políticos, simpatizantes de la causa obrera y de las máximas del gobierno actual, universitarios, ciudadanos de a píe, caminaron durante varias horas lo suficiente para terminar cansados, – pudieron quedarse en su casa en un día de fiesta-, pero compensaron el esfuerzo con otra fiesta, por el colorido y la música, por la alegría de los participantes, por la creatividad en la forma como se manifestaba cada sindicato, cada grupo, cada organización. (Es una gran fiesta cuando las sociedades en cabeza de quienes crean la riqueza piensan y se encuentran defendiendo sus derechos y lo es más cuando ello tiene lugar en nuestro Sur, en este territorio de tanto esplendor en sus manifestaciones artísticas y culturales).
Una histórica marcha, como quiera que viene de muchos años atrás. Es una tradición que representa desde el trágico hecho de Chicago a la fuerza de un conglomerado que es en definitiva quien construye en el presente el bienestar, las ciudades, un país, pues si bien es cierto un gran arquitecto, un notable pensador demócrata como Rogelio Salmona embelleció la ciudad con sus torres, sus bibliotecas, no podía haber hecho todas estas extraordinarias obras sin que esos anónimos trabajadores de los andamios pegaran los ladrillos.
Fue un hecho social y una expresión política por excelencia como quiera que un sector de la sociedad expresó con sus consignas su disposición a que sus derechos laborales sean reconocidos. Es cierto que las luchas sindicales han venido en declive, que ha hecho mella la burocratización y la corrupción de la dirigencia, que es indiscutible la pérdida del horizonte del porvenir que situaba al movimiento sindical en otro tiempo como gestor de una nueva sociedad. Estos factores y otros tantos han llevado a que se hable de la derrota de la clase obrera.
Pero esta vez había en el ambiente, en lo que se captaba en la disposición colectiva, -si se tiene oídos y se deja a un lado los prejuicios-, un nuevo ánimo, comparable, no similar, en algunos aspectos al que se dio en los años setenta cuando la movilización popular alcanzó un nivel altísimo hasta tal punto que se apuntó a la conquista del poder político y del Estado.
Es un error subvalorar la inteligencia del pueblo, así todos los días sea idiotizado con los medios de Sarmiento y afines, con la basura cultural, con los pastorcitos mentirosos, – “¿qué vamos a hacer con tantos, con tantos predicadores?”, se preguntaba violeta Parra-. Pero, por su memoria colectiva, por el sentido común, por el legado de honestidad que proviene de sus mayores y por el palo que le dan cada día, el pueblo aprende a distinguir y utiliza el pensamiento, la lógica, la inferencia.
Vimos este primero de mayo que a la par de las necesarias consignas de defensa laboral, nuevamente el sentimiento antimperialista vuelve a tener un lugar en la mente sindical y popular. Ante la arremetida criminal de Trump se tiene en las consignas a los vientos expuestas como un grito colectivo, que este brutal personaje constituye un enemigo que no solo está allá en el Golfo Pérsico, sino que también está presente con su pretensión de arrebatamiento de las riquezas y de destrucción de la vida en la cotidianidad de Bosa, de Soacha, de Ciudad Bolívar, de Colombia, como quiera que se intuye y se alcanza a vislumbrar que los Estados Unidos definen aspectos cruciales de la economía de nuestro país y que es una amenaza hacía el futuro inmediato.
Vimos en toda la marcha que se tiene claro el peligro real de un nuevo ascenso del uribismo al poder político, a la presidencia, sea a través de la vocería oficial de Paloma Valencia o en su variante, que a la postre es lo mismo, de Abelardo de la Espriella. Consecuentemente, registramos la total disposición de este sector cualificado del pueblo colombiano que marchó el viernes de apoyar a Iván Cepeda.
Finalmente, vimos que había entre los marchantes un fuerte sentimiento de apoyo a Gustavo Petro.
En las sociedades ocurre algo similar a lo que sucede en la vida anímica de los individuos. Sus conquistas no son definitivas, algunas de ellas, se retrotraen y derivan en la visión más cruda del irracionalismo como ocurrió en la Alemania nazi. También puede ocurrir el fenómeno inverso: se recupera la razón, y el pensamiento crítico tiene en un momento histórico concreto un peso considerable.
Todo parece indicar, sobre la base de los hechos descritos, que los indicios llevan a esta hipótesis: Colombia no quiere volver a épocas cercanas en las que el corazón grande fue sinónimo de masacres, oscuridad y estupidez.
No se trata de que por fin la clase obrera irá al paraíso. Ya no fue allá durante estos cuatro años, basta ver el precio de las cosas, pero se tienen esperanzas fundadas en el caso de Cepeda de retomar lo que se hubiere ganado y de ampliar el difícil reto de construir una sociedad de democracia real que necesariamente implica restaurar a sujetos políticos de su olvido, de manera que no sean solo piezas de coyunturas y que la mentada democracia participativa sea una construcción real y no una frase perdida en el entramado de artículos de la Constitución.
Por otra parte, siempre será válido soñar con un mundo sin patrones.
JAIME CÁRDENAS.
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